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La gran mentira de las startups: El Derrumbe Existencial de San Francisco

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Juan Pablo Giron Lingan


Startups, gentrificación, hipsters, millennials, apagan la identidad única de la ciudad californiana

POR DANI GARCÍA ( @DANIGARCIAUSA )

La gran mentira de las startups

«Es la época más triste de la historia de esta ciudad». La marihuana zarandea a Marc; esta tarde ha fumado más de lo normal. «Esta es una ciudad romántica que está siendo arrasada por todo este rollo de la tecnología», vocaliza sorprendentemente bien. En su silueta perenne con el porro y viendo a los Giants, este profesor cuarentón de escritura en UCSF tambalea su estatura antiamericana lamentándose de que está demasiado colocado, pero no le falta razón: San Francisco es una ciudad que está perdiendo su alma.

La ciudad del norte de California se ha construido siempre sobre pioneros. Pocas horas después del devastador terremoto de 1906, los sanfranciscans ya estaban construyendo sus nuevas casas. Pero las explosiones económicas siempre han sido por oleadas: la fiebre del oro, los hippies, el boom del puntocom y, ahora, las startups. «Yo viví el puntocom y la gente de ahora es como más sosa. Por entonces había fiestas en todos lados porque los jóvenes ganaban dinero y lo celebraban. Pero…¿ahora? Solo están preocupados en crear proyectos, no tienen tiempo para vivir». Irene, natural de Chicago, trabaja en una ONG que asiste por la noche a los sintechos de la ciudad, cerca de 6.500 según reportes de las autoridades locales. Muchos de ellos duermen en SoMa (South of Market), la zona por excelencia de los techies desde que el gobierno de la ciudad respaldara hace tres años un programa para traer Silicon Valley al corazón de San Francisco. Charlamos bajo el penetrante frío de la bahía, en Market Street, donde presenciamos cómo son «desalojados» de las calles a las cuatro y media de la madrugada por trabajadores del Ayuntamiento, un par de horas antes de que jóvenes millennials, la mayoría llegados a California de otras partes del país y del mundo, recorran estas calles para seguir codiciando una porción de éxito.

«El dinero de la tecnología está destripando la personalidad, estética y carácter original y único»

El movimiento antitecnología empieza a generalizarse, especialmente en los habitantes nativos de San Francisco cabreados por los alquileres desorbitantes que han traído las startups. Pero sobre todo porque creen que todo ese dinero está destripando la personalidad y estética original y única por las que siempre se ha conocido a San Francisco, gente agradable, cálida y con una vida laid-back (relajada).

—¿Ves a la gente de este bar? –me dice mi amigo Isaac, prototipo de californiano del área con predisposición innata al buen rollo.

Estamos en un bar estándar de Mission District, solapada al oeste de SoMa, un hervidero y referente hipster internacional.

—Esta no es mi gente, no me siento identificado. Programadores, financieros… no son de aquí. Los que somos de San Francisco ya no podemos permitirnos vivir aquí por esta gente.

No tardamos en movernos de bar en este comienzo de la noche. De camino nos asalta a la vista un complejo de apartamentos de lujo que, arquitectónicamente, asesina el paisaje.

—Esta es la mierda de la que te hablo —sube la voz—, una macarrada de Miami Beach en medio de ‘La Misión’.

Llegamos al típico dive (cutre) bar americano. Pedimos turno para el billar y bebemos unas Tecates que sirven directamente en lata, cerveza mexicana y la más barata en cualquier bar entre las varias opciones que suele haber. Llega Tyler, amigo de Isaac, clásica silueta surfera y cálido de palabra como cualquier nativo del norte de California.

—Me crié cerca de aquí, en una familia de clase media —me dice Tyler—, ahora no puedo. Tengo 26 años, si quisiera formar una familia aún menos. No es solo el alquiler, son las escuelas, ir a un restaurante… las cosas básicas. Como otros amigos de familia trabajadora, me he tenido que mudar a Oakland.

«¿Qué ha ocurrido con el espíritu iconoclasta de San Francisco?»

San Francisco es el nuevo epicentro mediático de la innovación, el consumo desatado y los alquileres desproporcionados. Una ciudad que era el campo de cultivo de la contracultura es ahora inhabitable para la mayoría de la gente normal, está siendo estrangulada. ¿Qué ha ocurrido con el espíritu iconoclasta de San Francisco? La razón originaria que, posteriormente, ramifica en otras muchas: las startups.

Las startups ya no se crean por ex directivos de Microsoft de polo y pantalones chinos. Todos somos CEO, CMO, CCO… Un vagón de metro puede ser un sitio para hacer coworking. Se dice treinta veces al día ‘social’ y veinte ‘startup’. Se pivota, se pivota y después se pivota. No se concibe una oficina sin mesa de ping-pong, videoconsola de los noventa, piscina de bolas, sillones en forma de huevo y puffs. A veces hay más becarios que empleados, por supuesto sin pagar, incluso existe la figura del metabecario, el becario sin salario que aspira a un puesto de becario con salario.


Your Loan Isn't Your Life

Un estereotipo general retratado con comicidad objetiva en la reciente serie de la HBO Silicon Valley y que se ha propagado con éxito para seguir engrasando el sistema económico. Mientras, la realidad es que muchas startups, que ni siquiera han hecho un dólar en ventas, han sido vendidas por millones (Instagram), se producen fiascos de 25 millones de dólares (Clinkle) o algunos niños-bien adiestrados por ese mensaje de avaricia —«tu trozo de éxito en este mundo»— vocean públicamente que les parece «grotesco» que haya vagabundos en la calle de su oficina, Market Street (unas declaraciones desafortunadas del CEO de AngelHack, Greg Gopman). Es el molde del tech bro (el emprendedor tecnológico macho alfa) en San Francisco. En Nueva York, la gente de Wall Street saben que son unos capullos, les gusta. En Los Ángeles, viven a gusto en su superficialidad, la reconocen y disfrutan. En San Francisco, los techies creen que están salvando el mundo con sus startups.

—La gran mentira de las startups —dice Marc encuadrando la frase sobre el aire con sus manos.
Estoy en el despacho de Marc en UCSF. Ahora no está fumado por razones obvias y me pide consejo sobre cómo encarar una clase de escritura con alumnos de habla no inglesa mientras entremezcla titulares propios de una persona que conoce esta ciudad desde hace 43 años.

—Viene a ser lo mismo que los carroñeros avariciosos de Wall Street de la Generación X. Ha cambiado la forma de trabajar, sí, pero no la fría ambición por el dinero y el deshumanizante concepto del éxito. Son cínicos, buscan una porción de éxito a costa de todo, y no tienen una vida normal con tiempo libre.

«Entre el 80-90% de las startups fracasan, mientras que el 44% de las PYMEs salen adelante»

Entre el 80 y 90% de startups fracasan en sus primeros años de vida en Estados Unidos, mientras que el 44% de los pequeños y medianos negocios, las que se han llamado ‘mi negocio’ de toda la vida, sobreviven en los primeros cinco años de vida según datos gubernamentales. Da la sensación de que las startups no son más que otro alimento de la imparable rueda del neoliberalismo.

El guión de la gentrificación

Nueva York es el arquetipo histórico, pasado y presente de gentrificación, una ciudad que devora y marca los ciclos económicos, sociales y culturales. Ha ocurrido siempre, en SoHo, Tribeca y Greenwich Village en los setenta y ochenta. Todos eran el epicentro de los bohemios y ahora son pasto de franquicias, boutiques de lujo y una lista interminable de apartamentos de famosos. Ha ocurrido recientemente en Brooklyn; el monstruo se quedó sin alimento en Manhattan y cruzó el East River. En poco más de diez años, Williamsburg ha sido transformado de un área residencial pobre y adormilada de judíos, europeos del este e hispanos de clase trabajadora, en habitantes con barba y tatuajes que pertenecen al menos a una banda, escriben en un blog y pasan las noches desarrollando proyectos. Pero Nueva York no tiene límites, el tsunami gentrificador se extiende a las viejas fábricas reconvertidas en lofts de Greenpoint (norte), los barrios residenciales y de clase trabajadora de East Williamsburg y Bushwick (este, sureste) y la emergente Fort Greene (sur) donde se erige el nuevo Barclays Center de los Brooklyn Nets, del que ahora todos son fans de toda la vida. Es, como lo llama Spike Lee en un brillante discurso, el jodido síndrome de Cristóbal Colón. Incluso en Harlem, siempre pintado como un nido de peligrosidad, el 90% de sus habitantes de la zona este sufren el mismo destino.

«Como dice Spike Lee, la gentrificación es el jodido síndrome de Cristóbal Colón»

A día de hoy, Nueva York afronta una crisis de vagabundos peor que la época de la Gran Depresión. Los alquileres se disparan y las ayudas para desarrollo de inmuebles de lujo son las mayores en toda la historia de la ciudad mientras hay recortes en los servicios para los sintechos y la vivienda asequible ya no lo es. Se tiran abajo aparcamientos de residentes, parques infantiles y centros comunitarios para construir casas de lujo en ese terreno. En la serie Boss, bajo esa dura caricatura de la política y con el telón de fondo de Chicago, se plasma perfectamente la absorción por el sistema de la gestión de la ciudad de nuestros días como un producto. Los ayuntamientos permiten que empresas privadas (bajo corruptelas asentadas) inviertan grandes sumas de dinero de las que, por supuesto, salen beneficiados.

El hecho es que la gentrificación puede afectar a cualquiera y casi siempre negativamente. No soluciona problemas, simplemente los mueve hacia fuera, incluso es un problema público de salud tal como reconoce el Centro de Control y Prevención de Enfermedades estadounidense (más niveles de estrés, violencia, crimen y enfermedades mentales).

«La ciudad de nuestros días se gestiona como un producto»

«¿Es San Francisco Nueva York?», se pregunta New York Mag. La avalancha gentrificadora hace que la ciudad californiana ya haya sobrepasado en cifras a la Gran Manzana en la categoría de ‘desorbitantes alquileres’. ¿Dónde se están yendo los sanfranciscans? A East Bay, Oakland, ciudad de innata clase trabajadora, al otro lado del Bay Bridge donde los arrendamientos son más baratos.

«Hasta en Santa Cruz están notando la subida de precios». Santa Cruz, la misma de Surfin’ U.S.A. de los Beach Boys, una preciosa localidad costera a una hora y poco de San Francisco, sufre el terremoto de los alquileres. Davy es un espíritu californiano con pasaporte británico adherido ya a la personalidad del Pacífico desde hace diez años, pero no ha perdido el gaznate de las islas. Parece el hermano gemelo olvidado de Russell Brand. «Vivir en San Francisco es una locura, y esto es una burbuja que en algún momento va a estallar por algún lado».


MISSING: Have You Seen My Soul?


La regulación inmobiliaria y de los arrendamientos en la ciudad californiana es prácticamente nula, favorece por completo a los propietarios especuladores que, amparándose al laberinto legal de la llamada Ellis Act del estado de California, pueden desahuciar a sus inquilinos sin que estos tengan prácticamente derechos. En San Francisco, los desahucios bajo esta ley han subido un 170% desde febrero de 2010 al mismomes de 2013 según informes del Ayuntamiento. Ello desemboca, junto al hecho de que construir en la ciudad es casi imposible por cuestión de espacio y la cada vez más atacada regulación de edificios altos que preserva la estética de la ciudad, en una oferta escasa a la hora de buscar apartamento. «Es un escenario propio de Los Juegos del Hambre», como cita New York Mag. El símil no es exagerado: se puede escribir un libro de las técnicas y trucos que emplea el cazador de casa entre 20 y 35 años, desde ponerse la alarma a determinadas horas del día (incluso de madrugada) porque los primeros que contestan a los anuncios de Craigslist tienen más posibilidades, al uso de determinadas palabras en la descripción de tu perfil.

«La regulación inmobiliaria de San Francisco favorece por completo a los propietarios especuladores»

Pero no es solo el alud de no saber qué hacer con la riqueza lo que hace a San Francisco ser Nueva York, sino el extravío de su natural identidad. Gotham es Gotham desde hace años. Pero San Francisco era hasta hace poco esa ciudad a la que te mudabas porque eras demasiado raro para Los Ángeles y demasiado vago para Nueva York. El sitio perfecto donde encajaba tu personalidad estrafalaria y loca, sin fronteras y sin pose. Ahora, donde había una tienda de porno hay una cafetería donde tomarse un café sin ordenador o tablet te hace sentir mal, una escena inequívoca de la Gran Manzana.

Los actores del sistema

El sistema recuperó un viejo concepto para asesinar su esencia psicópata y filosófica y disfrazarse con su cuerpo: hipster. «Los hipsters actuales son un tipo de subcultura generada por el neoliberalismo, cuyos valores exaltan la reacción política enmascarada de rebelión bajo una fachada de vicio», es decir, el ‘postureo’ de toda la vida, como analiza el sonado libro de Mark Greif, Qué fue de lo hipster. La imagen que se vende del hipster es aquel que combate el comercialismo y la estandarización que nos define día a día, pero todo reducto diferenciador es una oportunidad comercial; la saciedad del sistema lo encontró para producirlo en serie porque necesitaba una imagen para el motor del desarrollo urbano y comercial de las ciudades, una tendencia de identidad y gustos que poder vender. Después, tras la explosión de la burbuja del puntocom, el neoliberalismo necesitaba un nuevo ciclo para engrasar sus engranajes del futuro: las startups. Entonces, inevitablemente, el mundo de los hipsters y las startups colisionan. ¿El resultado? Nace un nuevo cuento: los millennials.

«Nos venden una definición de éxito y de sueños necesaria para que siga funcionando el sistema»

«Los millennials son un grupo de 80 millones de personas (en Estados Unidos) nacidos entre 1980 y 1996 que tiene valores comunes como la falta de autoridad, alta tolerancia, cercanía con su familia, deseo de compromiso y un gran nivel de optimismo. Se cuestionan el funcionamiento del sistema». Este concepto sobre los millennials o «generación Y» es cuestionable y propagandístico, no solo porque exista un molde prefabricado distribuido por los medios de masas, sino porque vende una definición de éxito y de sueños que el capitalismo necesita renovar para que siga funcionando la máquina. Citando a Ignasi Giró sobre la ola de optimismo: «Por lo general, nuestros sueños, tienden a ser dibujos esbozados por egos sobrealimentados, destinados a disfrazar carencias en lugar de activar virtudes… Más si basas tu felicidad en alcanzar cumbres en lugar de disfrutar del camino recorrido hasta llegar a ellas».

«Somos una generación narcisista, cómoda de conciencia y carente del sentido real de rebelión»



Nuestra generación es ese producto que cree cuestionar el sistema, pero trabaja para él, amorfinado principalmente por las industrias culturales. Se canibalizan las subculturas, se estandarizan hasta que se agotan y quedamos dependientes del siguiente ciclo porque estamos innatamente diseñados para necesitar algo. En San Francisco, hasta hace unos años, podías encontrarte de repente tanto una librería anarquista como un tío recubierto de purpurina; no había un motivo o necesidad para que existieran ambos, por eso la crisis existencial y muerte de espíritu de esta ciudad se debe a «lo auténtico, sí, lo auténtico», como decía Lester Bangs en Casi Famosos.

—Falta la gente auténtica —me dice Tyler mientras nos fumamos un cigarro a la salida de un bar en Clarion Alley, un emblema artístico de la ciudad y el reflejo de esa identidad genuina de los 150 años de San Francisco.

Un sistema que se agota

Los Beatles son más populares que nunca. La furgoneta de Volkswagen ha vuelto. Los hippies son ahora hipsters. Los derechos de los negros se han convertido en los derechos de los gays. Vietnam es Irak. El LSD es el MDMA. Carol King es Lana del Rey. Amy Winehouse es la Janis Joplin de hoy. Woodstock es Coachella, Burning Man y Bonnaroo. Los vinilos vuelven a ser vinilos. Las tiendas de discos son Urban Outfitters. Y JFK es Obama. La historia es eminentemente cíclica.

«Todo se produce y consume, cada vez más, en ciclos más cortos»

Todo lo que vivimos ya ha existido, tiene otro nombre porque se renueva para que lo volvamos a necesitar, pero el problema es que «los ciclos del capitalismo se van agotando cada vez más rápido», me dice Irene. «Todo se consume más rápido, en ciclos más cortos y masivos, cine, moda, música, arte… bajo esquemas prefabricados. Hace cuatro años la tendencia era la moda e influencias en música de los sesenta; hace dos, la de los ochenta; ahora se lleva lo grunge». Cuando la moda y la música alcancen el presente, ¿volverá a girar el refrito? «La creatividad humana es el recurso económico definitivo», señala el economista Richard Florida en su teoría Creative Class. Florida apunta que para el buen desarrollo económico hay que estimular y atraer artistas, diseñadores, arquitectos… para que las ciudades prosperen económicamente. Neoliberalismo en su más plena esencia instrumentalizando la creatividad.

Pero el resultado esta vez no le está saliendo tan bien al sistema que chupa los ciclos más rápidamente. El sueño americano quiebra. En un país que se mueve única y exclusivamente por el dinero, el deterioro de la clase media, base económica de Estados Unidos, es progresivo porque no es sostenible que un hogar dedique más del 30% de sus ingresos a pagar una casa. América se hace vieja, los millennials pierden su independencia porque el país registra la tasa más alta en cuatro décadas de jóvenes viviendo con sus padres, un concepto poco usual para una sociedad programada para dejar el hogar a los dieciocho años, y la precariedad laboral en esta generación es incuestionable, porque lo de los becarios no pagados es el pan de cada día como en España.

«El sueño americano quiebra por el deterioro de una clase media de usar y tirar»



Hot Mess

Una clase media de usar y tirar, la primera línea de batalla del General Neoliberalismo. Los artistas, los hipsters, las startups, los millennials… somos nosotros. Es el modelo de nuestra fuerza humana, laboral, moral y ética. Es como esa escena de un capítulo de Los Simpsons cuando Bart se pregunta dónde estará el Pequeño Ayudante y le viene a la cabeza un señor con una pala echando perros a una caldera como si se tratara de carbón y voceando: «¡Más perro!».

—El apocalipsis hipster está cerca —canta Tulu.

«Only in San Francisco»

Tulu es un californiano de origen samoano que dice ser un sintecho.

—Dejé mi trabajo de cocinero, era demasiado estrés —lo dice mientras se bebe una cerveza y vemos el partido del Liverpool del que es fan acérrimo.

El tema recurrente con cualquier nativo de San Francisco es sobre cómo se está yendo a la mierda la ciudad, como en España es sobre la crisis. La gente está muy quemada.

Tulu divaga en teorías conspirativas, no parece estar en sus cabales. Lejos de que, con el paso de los minutos, me parece que Tulu miente más que habla y cuestione la salud de su cerebro, los prejuicios quedan al lado porque este samoano es la pura esencia de ciento cincuenta años de excentricismo, rareza e identidad única.

«El tema recurrente con cualquier nativo es sobre cómo se está yendo a la mierda la ciudad por culpa de la tecnología»

La hostilidad hacia la industria de la tecnología está en cada conversación. Por eso, los verdaderos sanfranciscans se están organizando contra este canibalismo económico que esta agrandando las desigualdades sociales, haciendo honor a sus genes ‘en contra de’. Los activistas empiezan a dar dolor de cabeza al alcalde Ed Lee, a quien el cuchicheo de la calle le sitúa en el bolsillo de las startups. El grupo de acción Eviction Free San Francisco (San Francisco Sin Desahucios) organiza escraches delante de las casas de los propietarios de los apartamentos, apareciendo en los medios locales un día sí y otro también.



Al activismo más feroz tampoco le hace ninguna gracia los ‘Google Buses’, los autobuses de startups equipados hasta el último detalle para hacer la media hora de San Francisco a Silicon Valley lo más cómoda posible a sus empleados. «Nos tratan como niños pequeños. Nos recogen casi en casa, nos deja en el trabajo y a la vuelta igual. No tenemos que preocuparnos de nada», se regodea Davy, quien trabaja en Yahoo! gracias a que su antigua startup fue comprada por el gigante estadounidense. Los manifestantes han bloqueado varias veces estos buses en protesta porque congestionan más de lo normal el tráfico, suben los alquileres de las zonas donde paran en más de un 20% y usan paradas de autobuses públicos sin pagar un solo dólar al erario público. Algunos han acabado con alguna pedrada en la ventana o sin neumáticos.

El movimiento antigentrificador que cruza el país desde Nueva York a San Francisco pasando por Austin se manifiesta también con propuestas más pacifistas que recuperan el espíritu colectivista de los sesenta. Las comunas hippies del nuevo milenio son casas de diez-doce personas donde se hacen actividades colaborativas, se enaltece la creatividad y el emprendimiento. Hay unos cincuenta sitios de este tipo en toda la bahía de San Francisco que, por espíritu, respiran la resistencia gentrificadora; sin embargo, el precio medio de la habitación (1.200 dólares) es más asociable a las ‘hackers houses’, casas que se encuentran fácil en Airbnb a las que llegan jóvenes de todos los rincones para «empezar a cambiar el mundo». Estas casas de hackers, como las de la serie Silicon Valley, son granjas de tech bros única y exclusivamente preocupados por desarrollar algo, ello implica descender en prioridad las relaciones humanas. En una de mis primeras búsquedas de apartamento en San Francisco topé con una de ellas en SoMa, donde me hicieron una entrevista para «saber si era si era aceptable para la casa», según rezaba el anuncio de Craiglist. Fui descartado al «no ser demasiado geek», según las palabras del llamado CEO de la casa, un israelí de rudo acento al que no le convencieron mis argumentos sobre mi sociabilidad con los vagabundos y que necesitaba algo barato unas semanas.

«El movimiento antigentrificador se manifiesta desde escraches hasta comunas de creatividad»

El último reducto son los pisos de alquiler controlado, propietarios que mantienen la cordura ante la infección de la gentrificación. Irene vive en uno de esos apartamentos, pero sabe que cuando a su casero no le quede otra opción del pacto verbal que tienen, tendrá que subir el alquiler.

—Llevo quince años aquí y cuando pase, volveré a Chicago —suspira.

Las ciudades y los barrios cambian, la historia lo prueba, en eso consiste la evolución. No podemos congelarlos y convertirlos en un museo. Es imborrable el progreso que aporta a la humanidad este monstruo económico, con una consecuente generación de empleo que cualquier ciudad del mundo querría. Pero ello no se riñe con abogar por un crecimiento de ellas más humano y natural no anclado en el city-branding.

—Crear más alojamiento que la población se pueda permitir es más eficiente financieramente que intentar mantener la ciudad tendenciosa y con las calles seguras en la mente de la gente —me comenta mientras me enseña algunas de las propuestas de la ONG para la que trabaja.


Only in San Francisco

Es domingo 20 de abril (4/20) en San Francisco, el día que se consume más cannabis del año y los fumaos brotan más de lo normal. Si ya es normal de por sí, solo puede ocurrir aquí. Además es Domingo de Pascua. Una caravana de seis coches recorre la calle 24 pitando como si hubieran ganado la Copa de Europa, pero no, celebran que «El Salvador Ha Resucitado» como tienen pintado en las lunas de sus coches: cosas de esta ciudad. Hay una carrera de triciclos colina abajo en Potrero Hill (Bring Your Own Wheels), disfraces de las Tortugas Ninja, vehículos hechos con cubos de basura y carritos de bebé diseñados como triciclos espaciales: un domingo cualquiera en San Francisco. Vuelvo a casa en el cuadro habitual de personajes que es el Muni de la ciudad (metro-tranvía), un colgao con auriculares enormes, gorra y monopatín baila a espasmos como cuando Phoebe corría por el parque. Mi risa y la del resto del vagón no es contenible. Mi acompañante de asiento me mira y me sonríe: «Only in San Francisco».

El reportaje ampliado se puede encontrar en el fanzine homónimo en las librerías: Enclave de Libros (Madrid), La Central de Callao (Madrid), Arrebato Libros (Madrid), La Central del Raval (Barcelona), y CCCB Laie (Barcelona). La presentación del fanzine es el miércoles 21 de enero de 2015 en Enclave de Libros (Madrid).

Fuente: http://www.yorokobu.es/el-derrumbe-existencial-de-san-francisco/

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